Disculpas, aviones, y fotos…

Yo, delante del Gran CañónHace mucho tiempo que no escribo nada por aquí. Tengo que pedirte disculpas, porque no es ninguna manera de llevar un blog, dejando que pasen meses sin que escriba nada. Pongo como excusa lo que dice todo el mundo siempre: he estado muy liado.

Y en parte es verdad.

Ahora tengo más alumnos que nunca y me encuentro casi todos los días con el horario lleno. Muchos viajes en metro. Muchos paseos por los diversos barrios de Madrid. En fin, si no me organizo bien no me da para mucho más.

Pero no me quejo en absoluto. De hecho, esta entrada está centrada en otro tema… mi viaje a Arizona.

María y yo fuimos a Arizona para pasar la Navidad con mi familia, después de dos años sin verles. Hemos tardado mucho en volver a visitarles por dos motivos: primero, el dinero. Emprender un viaje a mi tierra no es nada económico. El precio medio de un billete de ida y vuelta son mil euros — sobre todo si quieres viajar en las temporadas altas, como verano o Navidad.

El segundo motivo por el que no vamos a Arizona muy a menudo es por el viaje en sí. Imagínate por un momento, querido lector, dos vuelos de larga duración con una escala de tres o cuatro horas entre ellos. No tienes espacio para las piernas. Te duele el culo de estar tanto tiempo sentado. El aire de la cabina, tan seco, te deja la garganta fatal. No consigues dormir bien.

Es un auténtico infierno. Y lo peor es que no acaba con el vuelo.

Tras tantas incómodas horas apiñados en el avión, te toca enfrentarte a la aduana estadounidense. Este proceso, desde luego, es rápido y agradable para mí, siendo ciudadano americano. Sin embargo, es horrible para María. No sabemos el porqué, pero siempre llevan a María a entrevistarla — supongo que es para asegurarse de que esta mujer española no es una terrorista ni alguien que piensa quedarse para trabajar ilegalmente (por algún motivo, la aduana piensa que cualquiera con un nombre español será un posible trabajador sin papeles).

A mí me toca esperarla mientras la entrevistan, pero quien lo pasa mal realmente es ella. Pero no te preocupes; al fin y al cabo siempre la dejan entrar en el país. Menos mal.

El Gran CañónEste viaje fue muy divertido porque fuimos a ver la atracción principal de Arizona: el Gran Cañón. Situado muy al norte del estado, el tiempo que hace en esta región no tiene nada que ver con el clima típico de Phoenix. Mientras el invierno en Phoenix se caracteriza por su suavidad, en el norte tienen que aguantar la nieve, el hielo en las carreteras, y el viento tan frío que parece que pela la piel de la cara. El Gran Cañón estaba nevado por algunas partes, y más impresionante que nunca.

No bastan las palabras para describir la sensación que te da el estar delante de algo tan vasto, tan salvaje. Hasta las personas más prácticas y sensatas se vuelven poetas al reflexionar sobre la inmensidad del recinto. De repente te vuelves insignificante. El cañón estaba antes de que nacieras, y estará cuando tú ya dejes de existir. Se muestra indiferente ante las infinítas vueltas que da la vida alrededor. Tienes que ir, querido lector, tienes que ir.

La verdad es que nos habríamos quedado allí todo el día, pero nadie me dijo que es menester ponerte dos pares de calcetines cuando hace tanto frío. ¡Tenía los pies helados! Con el corazón rebosando de emoción me fui en busca de aquella ventaja tan alabada de la modernidad: la calefacción.

María y yoBueno. Aparte de ir al norte, también disfrutamos de los entornos que rodean Phoenix. Me refiero al desierto. Si te digo la verdad, nunca me gustó, con sus piedras y cactus, lagartijas y arena. El sol parece ensañarse en los llanos tan descubiertos. Sus rayos te castigan hasta que la piel se te vuelve roja y estás empapado de sudor. Esto, claro, en verano.

En invierno, sin embargo, está de maravilla. Caminamos un par de horas por los senderos, admirando los cactus saguaro, gigantes verdes y espinosos, que dominan el paisaje. La tranquilidad fue total. Por los cielos se atisbaban los halcones, buscando presa desde arriba, y unas nubes espesas que iban arrastradas por el viento.

Me di cuenta, por fin, de la belleza del desierto, la cual me había eludido durante tantos años. Todo, al fin y al cabo, tiene su punto de belleza, si estás lo suficientemente espabilado para notarla.

Y ya solo me queda una cosa más que contar.

Mi padrastro Tony, María y yoLa última excursión que hicimos fue la de Tombstone. Si eres fan de las películas del oeste, el nombre te sonará. Si no, ya te explicaré un poco.

Tombstone fue uno de los últimos pueblos mineros del viejo oeste. Se descubrieron unas venas de plata, y de un día para otro se erigió el pueblo. El nombre significa lápida. En aquella época ese territorio fue de los Apache, una tribu guerrera de mala fama. Mataban a los colonizadores sin más. De todos modos, muchos mineros se arriesgaron por la posibilidad de hacerse ricos con la plata que abundaba en la región. La población aumentó una barbaridad hasta que pareció que iba a ser el siguiente San Francisco.

Tombstone atrajo a muchos hombres violentos, al tipo que le gustaba beber, apostar y matar a cualquiera que se atrevía a discutir con él. Muchos murieron tontamente en Tombstone. A raíz de esto, la voz corrió por toda América: Tombstone fue el pueblo más peligroso del mundo, un pueblo sin ley.

Luego se inundaron las minas cuando abrieron el paso a un río subterráneo que corría por ahí. La población se desinfló rápidamente hasta que Tombstone se convirtió en poco más que una aldea con una historia sangrienta y las calles llenas de fantasmas.

Hoy día parece un parque temático, con espectáculos cada hora, además de tiendas y restaurantes con empleados que se visten de época.

Atardecer en Boot Hill, TombstoneEl único rastro de su historia tan violenta es el famosísimo cementerio, Boot Hill, donde todos los desafortunados fueron enterrados. Llegamos al atardecer y pasamos por las tumbas humildes, leyendo los nombres de gente que se ha entregado al olvido, aparte de unos cuantos famosos cuyos nombres han perdurado gracias al milagro del celuloide.

En resumen, lo pasamos genial y volvimos a Madrid con las pilas cargadas. Te hablaría del jetlag, pero creo que ya he balbuceado suficiente por hoy.

Que sepas que he vuelto, y el blog también. Pronto podrás leer una serie de entradas que tratan de cómo encontrar, organizar, y finalmente aprender el vocabulario. También te tengo que contar algo sobre la riquísima comida que hace mi amigo Mauricio en el restaurante que ha montado en su piso en Villaverde.

Pero hoy no.

Mañana.

Y como siempre, más y mejor.

 

Un comentario


  • Said

    First and foremost, congratulations for the new posts.
    In the third picture you look like an authentic yankee!.
    Keep going on!

    21/03/2013

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